
Kaiser vs Shel
En el capítulo anterior:
[ - Shel Valdés, 22 años, diseñadora gráfica común y corriente en el mundo real se había quedado un viernes en la noche navegando por internet, hasta encontrar en el profile del usuario Maravillante la singular convocatoria de un torneo por el Orbe del Deseo.
Luego de recibir por arte de magia una tarjeta dimensional y dos orbes striker fue transportada junto con Pánfilo, su perro chihuahua color miel, al fandom de Naruto donde consiguió un singular striker y descubrió sus habilidades en el mundo el anime/manga, así como la manera en que su cuerpo de carne y hueso se adaptaba a una existencia de papel, tinta y fotogramas. Ésta es la historia…]
Opening: El Sol no Regresa - La quinta estación.
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Shel se vió envuelta una vez más en las luces de la teletransportación; en sus brazos, Pánfilo miraba a su alrededor con ojos asustados. Aterrizó en un lugar enorme, con un estilo arquitectónico que parecía un muégano de varias corrientes distintas. Allá pilares y capiteles de la Grecia clásica, acá jardines japoneses de arena, más para allá estructuras futuristas y uno que otro monumento.
La característica principal del lugar, aparte de su imponencia, era su carácter ecléctico y laberíntico.
“Aquí urge diseñar un sistema de señalamientos. Cuando encuentre al dueño le ofreceré mis servicios. Ahora… ¿Hacia dónde tengo qué ir?” pensó.
Examinó su propia imagen en la superficie reflejante de una pared: Su pelo castaño quebrado se había estilizado al cambiar de mundo, formando líneas onduladas. Los lunares de su piel blanca se habían borrado casi todos, aunque debajo de los ojos se notaban unas ojeras, formadas por dos ligeras líneas curvas. La ropa era la misma que había llevado ese día a la oficina: jeans, una blusa verde olivo escotada, saco negro y tacones. Los lentes se habían reducido a unas cuantas líneas. El maletín de la laptop era una plasta negra. Todo esto dibujado con una línea que recordaba al trazo de sus propios dibujos. Se había materializado con su estilo personal de ilustradora. Sonrió a su reflejo: su cuerpo estaba sin duda más estilizado, pero aún tenía algo de pancita. Ahora que lo pensaba, Pánfilo también se veía medio raro con esa apariencia, pero seguía siendo adorable.
En un momento vio que varios seres iban apareciendo o llegando por las distintas compuertas del patio principal. Como era de esperarse, cada uno de ellos tenía características muy dispares y estilos de trazo distintos en sus rostros. Unos eran más cabezones, otros más coloridos, algunos con los ojos más grandes, o agudos, más flacos, más reales, más caricaturizados… Unos a lo Clamp o a lo Eichiro Oda, y otros con estilos que no identificaba. Las gamas de color no concordaban unas con otras, como si la iluminación del lugar le afectase de manera diferente a cada uno. Todos debían provenir de series distintas, supuso.
Notó que varios de ellos eran conocidos entre sí. Un cuarteto de muchachos ruidosos hacía escándalo por un lado. Otro grupo lo conformaban dos chicas y dos chicos, todos con un algo que los hacía parecerse físicamente. Cerca de ahí, en otra esquina, un mono (o mona, era difícil determinarlo) cabezón de pelo verde y manos desproporcionalmente grandes le lanzaba miradas matonas a una niña de pelo largo castaño, también cabezona y también de pies y manos enormes.
“Momento, yo la conozco… ¡es de Shaman King..!... y se me hace que es hombre…” De hecho era Hao Asakura.
Apenas recordando el diseño del personaje en cuestión, dirigió su mirada a los demás asistentes. Allá había un hombre mordiendo una ramita, cuidando a una niña y a un muchacho albino con pinta de malandro. Del otro lado esperaba un rubio solitario, trazado con el inconfundible y maniaco estilo de One Piece, una espada atrás. Un rubio más (sí, otro), de piel morena como de la edad de Shel, llamaba mucho la atención porque vestía de rojo, y asumía una actitud amigable y sonriente.
Al menos, y esto lo agradeció, no había nadie dibujado con el estilo de Akira Toriyama. Un peleador de la talla de Gokú, destruidor de universos enteros, podría ser un poquito difícil de derrotar.
Sin embargo, en el rincón más apartado, había una figura por demás inquietante. Era el único de todos los presentes que no era humano (o al menos que no lo parecía). Sus ropas desgastadas de apagadas tonalidades parecían las de un mago típico, pero su vestimenta era lo único remotamente normal. Debajo de los ropajes se adivinaba un aura incorpórea que parecía ser su cuerpo, y en lugar de ojos, dos haces de luz hacían imposible saber hacia dónde miraba el ente en cuestión. Por debajo de las mangas algo reflejaba la luz. El conjunto de su ¿persona? daba miedo. Para colmo venía con una niña semidesnuda encadenada por el cuello, como si fuese una mascota.
El Pánfilo miraba con especial atención al mago, parando las orejas y deteniendo la mirada con insistencia. Un sutil gruñido salía de su hocico.
“Ojalá no me toque con él”
De repente, un muchacho de unos 18 años con capa blanca apareció bajando por una escalinata en la sala principal.
—¡BIENVENIDOS TODOS! Mi nombre es Maravillante, el organizador de este torneo…
A continuación hubo un discurso de bienvenida, la presentación de una muchacha condenadamente parecida a Luffy el de One Piece como juez, y demás indicaciones generales. Cuando Maravillante pronunció las últimas palabras del discurso, Shel supo que necesitaba hacer varias cosas antes de que diese comienzo la primera batalla, e hizo lo primero que le vino a la mente…
Maravillante desapareció, y en un segundo Shel echó a correr por un pasillo como alma que lleva el diablo, y el perro detrás de ella ladrando. Varios de los presentes la miraron como bicho raro por este espectáculo inexplicable, pero poco le importó. De repente se vio sola en un pasillo, jadeando. Al parecer había logrado su objetivo.
La razón por la cual había hecho ésto fue por miedo a otra noche en vela. Había pasado de un cuerpo tridimensional (en su casa, en México) a uno bidimensional de golpe; había tenido qué acostumbrarse a moverse en frames (fotogramas), escenas o viñetas de manga y eso aún le costaba una sensación de agarrotamiento.
Pero lo peor de todo era el tiempo. Habiendo estado en la aldea ninja del anime Naruto, habían pasado cuatro días para su striker, y para todos los personajes de Masashi Kishimoto1, pero para Shel sólo habían transcurrido dos o tres horas desde que estuvo en la comodidad de su habitación. Cada cambio de escena lo percibía así, de golpe, como un pasar de página al leer manga en tiempo real, o como cuando uno se encuentra frente al televisor viendo la historia.
No obstante, su cuerpo ahora era anime y se sentía tan cansado como si, efectivamente, hubiese pasado cuatro días sin dormir. Su primera noche en Konoha, solamente, había sido una desvelada gratuita de 48 fotogramas y dos segundos.
Ella sabía que si dejaba que el discurso terminase sin hacer algo, la escena se iba a cortar y no iba a conseguir dormir, y vaya qué le hacía falta. Estaba exhausta.
De pie en el pasillo, se dejó caer recargada en una pared. Los párpados comenzaban a cerrarse cuando el Pánfilo ladró en dirección al pasillo; entonces vio venir a un hombre joven de aspecto rudo, con el cabello castaño recogido en una coleta.
—¿Joe..? —Dijo Shel, confundiéndolo con otra persona
—Darts. —contestó el personaje secamente. Era un subordinado de Maravillante.
—Disculpa, es que te pareces mucho a un amigo mío.
“Ojalá estuviera aquí Joe” suspiró.
La verdad es que después de lo que había pasado para llegar hasta ahí, tampoco le quedaba mucho capital moral.
—¿Qué fue eso? —preguntó el hombre
—Ah… esto… eh…
—Saliste corriendo como desquiciada
—Es que el tiempo iba a dar un salto, no sé si me explico…
—Eres rara. No te entiendo nada de nada.
—No importa. ¿Rompí alguna regla?
—No puedes andar por ahí sola. Vas a perderte.
—Necesito hacer varias cosas antes de mañana. ¿Es posible que me acompañe mi striker dentro del palacio?
—No está prohibido—y prendió un cigarro
Era muy curioso ver que el humo del cigarro se representaba por unas líneas onduladas. La ventaja era que en lugar del aroma característico de la nicotina, Shel percibía el de la tinta, y no parecían resentirlo sus pulmones.
“¿Habrá algún personaje de anime con cáncer?”
—Voy a ir por mi striker. Regreso en un ratito, no tardo. ¿Puedes cuidar a Pánfilo mientras?
—¿El perro? Espe…
Antes de que terminara de hablar, Shel usó la tarjeta y regresó a Konoha. En el Palacio, Darts se quedó de pie, viendo al perro.
—No me jodas. Yo, la nana de un chihuahua… Escucha, perro, sólo te cuidaré porque mi amo lo manda, ¡HEY! ¿QUÉ HACES?
Pánfilo, para quien también habían pasado cuatro días sin atender sus necesidades fisiológicas, se dedicaba en ese momento a dejar un regalito en el suelo.
—¡Noooooooooooooo!
Y el grito del pirata retumbó por el recinto.
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Shel apareció en la oficina de Tsunade.
—¡Hokage sama!
—¡Sheru san! —dijo, japonizando su nombre— ¡No acabas de irte al Palacio del Nexo?
—Sí vengo de ahí…. Es que, necesito a mi Striker.
—Menos mal que yo no lo he requierido, he procurado no mandarlo de misión por si llegabas a necesitarlo pronto. Ve a buscarlo al campo de entrenamiento 3, ahí debe estar. —escribió una nota y la firmó— dale ésto, es mi consentimiento.
—¡Muchas Gracias!
Como Shel no tenía ni idea de dónde estaban las cosas, volvió a usar la tarjeta para trasladarse al lugar indicado.
—¡Gai san!
—¡Linda florecita…! —la saludó efusivamente—etto ¿cómo era que te llamabas?
—Shel, me llamo Shel. —dijo ésta, sudando gota.
—¿A qué debo el honor de la visita?¿Tan pronto terminó el torneo?
—No, Gai. Vengo por ti, por necesito que me acompañes al Palacio del Sexo. Mira, aquí firmó la hokage para darte permiso.
—¿En serio? Bueno, en tal caso… ni hablar. ¡LA LLAMA DE LA JUVENTUD TENDRÁ QUÉ ARDER EN KONOHA SIN MÍ!
—Sí, sí qué bien. Fuga.
Shel y Gai aparecieron en el mismo pasillo del palacio. Darts los recibió con una jeta de aquellas.
—¡OYE, TU PERRO SE CAGÓ!
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Hubo un cambio de escena. Shel rogó al primer dios que se le ocurrió que no fuese la mañana del día siguiente. No otra noche sin dormir.
—Gai, ¿qué día y que hora es? ¿Ya va ser el combate?
—Es jueves y son las ocho menos dos, y creo que va a ser la cena de bienvenida, eso escuché ¿Porqué preguntas eso?
—Es difícil de explicar. Quizá un día te cuente. Ahora—bostezo— antes de que en la historia suceda el siguiente corte, necesito que nos pongamos de acuerdo para mañana. Hay qué tener una estrategia; tu ya sabes cuáles son mis debilidades.
—Ok, pero ¿No se supone que sólo puedo intervenir dos veces?
—Exacto, por eso hay qué ser muy creativos
—¿tienes ya un plan?
—No aún, no
Se concentró en un plan y mientras esto sucedía, hubo un salto de tiempo, como si hubieran dibujado la siguiente viñeta, saltándose lo obvio en la historia. Ahora estaba sentada en la mesa con todos los comensales y hasta el Pánfilo tenía su platito en el suelo.
—¡Dios! ¿cuánto tiempo pasó esta vez? Por favor dime qué hora es, Gai.
—Son las nueve.
“Una hora para los demás, tres segundos para mí”
Checó el reloj del celular. Marcaba el tiempo real de su mundo: Viernes, 10:12 de la noche. En Torreón habían pasado casi tres horas desde su viaje ¿alcanzaría a regresar a tiempo para entrar a trabajar?
—¿ya pensaste un plan? —preguntó el shinobi
Y sorpresivamente, notó que su existencia dibujada se había mantenido ocupada en ese período de tiempo relativo.
—¡Sí, se me ocurrió algo!
Una disolvencia empezaba a anunciar otro cambio de escena. Shel se levantó de la mesa abruptamente.
—¡NO! —Gritó
La disolvencia se detuvo. Todos la miraron otra vez como bicho raro. Shel empezó a comer, rápidamente y con voracidad. Le habían servido hamburguesas, pero le sabían a puro papel.
“Si no como ya, si no hago cosas, será como si no hiciera nada y el tiempo pasará de mí”
—Vaya, qué apetito— Murmuró una voz gruesa a un lado de ella.
Pánfilo ladró, alarmado, llamando un poco la atención de los demás. Quien hablaba era el personaje fantasmal.
—Hola, jejeje— Shel se rascó la cabeza
—Buenas Noches— contestó el personaje con educación.
Shel notó que no comía
—¿Usted no tiene hambre?
—En realidad no, provecho.
—Gracias.
Shel continuó comiendo torpemente. Asir los objetos le costaba trabajo porque no tenían volumen, eran planos. De vez en vez miraba al fantasma y a la niña pelirroja que traía encadenada, a la cual le habían servido comida en un plato para mascotas… en el suelo, al lado de Pánfilo.
—Odio mi vida—Decía ésta
—¿Esa niña es algo de usted, caballero?
El fantasma miraba a la aludida de reojo. En la posición en la que estaba, a gatas, tenía vista panorámica de su trasero. Por su parte, Gai miraba con recelo “Pobre criatura… y la trae en paños menores ¡Jesús Bendito! (o su equivalente nipón)”
—¿Etna? Es sólo una Demon Lord. Pero no juzguen por las apariencias. —Dijo adivinando el gesto de Gai—Esta demonio tiene más de mil años y está siendo castigada por un crimen que cometió contra mi gente.
—Ya veo. —contestó Shel, diplomáticamente. Sólo entonces se dio cuenta de que Etna tenía alas y cola de diablito.
—Disculpe, no nos hemos presentado—Dijo Gai, con sonrisa colgate— Maito Gai— y le tendió la mano.
—Kaiser Tlaves—Dijo, dejándolo con la mano tendida—Disculpe que no corresponda su gesto, amigo, pero no quiero dejarlo sin manos. —aunque también se advertía un poco de reserva hacia Gai de su parte.
Gai hizo un gesto de interrogación algo afeminado. Kaiser se acercó al oído de Shel y le habló en susurros, haciendo que se le pararan los pelos de la nuca.
—Oye ¿Tu amigo es gay?
—No que yo sepa…
Shel se mordió el labio inferior. En el fondo le preocupaba que Kishimoto le colgase el arcoíris a su querido Gai, como había hecho con Sasuke.
—Bien, señorita. —Volvió a Decir Kaiser en tono Lúgubre— Usted no ha dicho su nombre, y ya que yo he dado el mío…
—Shel Valdés. Mucho gusto
—Un placer.
Shel buscó la mirada de Gai. Kaiser la ponía nerviosa y no de forma agradable. Algunos segundos en silencio dejaron sentir la tensión del momento. Cogió su celular y consultó la hora: 10:17 pm. En ese momento, y para sorpresa de todos, sonó con un timbre de Los simpson.
—¡Holaaaa, como estás, pídala cantando!
—¿Janina?
—Si, weeey, ¿quién más?
—¿Qué pasó?
—¿Vas a venir con nosotros hoy y así?
—No creo, wey, estoy algo ocupada.
“Y de qué forma…”
—¡¡PUÑETAS!! ¿Has de estar con Joe, verdad?
—No—contestó con tristeza
—¿No te ha hablado?
—Nel.
—¡Uuuquela! Pero si parecían muy felices
—Ya sé, ¿porqué desparece?
—Wey, no te claves con él.
—Yo sé que no debo, pero…
Silencio.
—Bueno y mañana sí vas a salir y así? —dijo Janina
—Sí, wey, nos vemos en Messenger mañana.
—Bueno… ¡NOMÁS QUIERO que no vengas, hijers de la verguers, y vas a ver…!
—Sale, pues, te veo mañana.
Colgó.
“Joder ¿cómo carajos es posible que entre la llamada hasta acá…?”
Y al parecer los demás se preguntaban exactamente lo mismo. Miró a su alrededor. Nuevamente las miradas se concentraban en ella. En especial la de Kaiser.
—Disculpa que te lo diga, pero eres algo rara.
—Tú no eres muy normalito que digamos.
Shel tomó la mano de Gai discretamente por debajo de la mesa, lo cual lo hizo sonrojar un poco.
—Gai san, ya no aguanto, me tengo qué ir a dormir; pero aún debemos hablar sobre lo de mañana.
—¡Ah, Claro, claro! —Teatralizó una mirada misteriosa, entrecerrando los ojos—el plan…
Cambió la escena.
—¡Maldita sea, otra vez, no! —Injurió Shel, ya toda nefasta.
—¿Qué? — preguntó Gai
—¿Qué hora es? ¿Ya va empezar el combate?
—Hija, necesitas descansar, algo no anda bien con tu azotea. Son las diez de la noche. Hasta mañana es el combate. Tranquila.
Se dio cuenta de que estaba en una habitación del Palacio, al parecer la suya. La laptop segura en un escritorio. Ya traía puesta una pijama de gatitos muy similar a la que usaba en la vida real; Pánfilo estaba acostado en su cama como siempre, y Gai se había sentado con ella.
—¡Ah, sí,! —bostezó— antes de que nada suceda, debemos repasar mi plan y así.
—Pero si ya lo estudiamos hace un rato ¿Qué no recuerdas?
—¿En serio? —los párpados no podían continuar abiertos. Era una fatiga física y psicológica.
Gai respiró hondo.
—Sí, recuerda, primero…—Y repitió a la perfección el plan que a ella se le había ocurrido. No llevar la cuenta del tiempo y su incapacidad para regular sus acciones era angustiante.
—Esta situación me está sobrepasando— dijo Shel con la voz quebrándose
Rompió en llanto. Gai le dio un cachetadón y la miró seriamente.
—No llores, sé fuerte.
Luego la abrazó, como hubiera hecho con Tenten, su discípula.
—Debes pensar positivo, ya verás que todo sale bien, mientras creas en ti misma.
Shel se hundió en el abrazo de Gai, encontrando una sensación extrañamente conocida de confort. En él se desbarataba la desesperación, el miedo y el cansancio. Empezó a sentir que el sueño la vencía.
—Gai Sensei…
Aspiró la escencia del hombre dibujado. Esta vez no olía a tinta de imprenta, químicos de fotografía ni a papel bond. Era el aroma familiar de la almohada que abrazaba todas las noches al dormir.
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Hubo un corte, pero Shel no aparecía en escena. En cambio, la figura espectral de Kaiser Tlaves vagaba por el palacio, con una copa de vino en mano.
“Tú no eres my normalito que digamos” Rumiaba para sí mismo
En ese momento apareció una mujer con kimono de mariposas
—Hola, Kai.
—¿Yukko?
—¿Qué te ha parecido mi regalo? —dijo ella, refiriéndose a la invitación al torneo, pues ella se la había dado.
—Hasta ahora todo pinta un poco aburrido. Pero Maravillante San nos ha consentido mucho. Lástima que te hayas perdido la cena. A Propósito ¿qué haces aquí?
—Sólo vine a saludarte. ¿Ya sabes contra quién vas?
—No. Para serte sincero todos se me figuran algo chicos. Ninguno pasa de los treinta y la mayoría ni siquiera de los veinte. —dio un sorbo a la copa
—Yo te recomendaría que no juzgaras las apariencias.
—Lo sé. En estas dimensiones nunca se sabe.
—¿Ya sabes qué deseo vas a pedir?
—Tengo varios en mente.
—Déjame adivinar… Tu propia dimensión, evitar que te persigan…
—…Deshacerme de ti también figura en la lista ¿sabes?
—Sí, yo también te amo— rió con Yukko con sarcasmo.
De repente ninguno de los dos dijo nada.
—Kai… ¿hace cuánto ya que no puedes enamorarte?
—Esa fue de las primeras cosas que fui olvidando. —contestó, evasivo
—Oh, vaya, el viejo alquimista Kai se pone nostálgico…
—No es eso. Ya puedes irte.
—Está bien. Suerte con tu encuentro de mañana. Pero antes…. ¿podrías?
Le extendió una botella con agua.
—Sólo si te largas de una vez
—Bien.
Kaiser convirtió en agua de la botella en algún licor.
La bruja Yukko, personaje de Clamp, de los pocos capaces de cambiar de dimensión, evaporó su presencia y dejó a un Kaiser meditabundo.
“Si al menos pudiera dormir…”
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A la mañana siguiente despertó Shel en su cuarto. Y si había despertado —racionalizó— quería decir que había logrado dormir por fin. No se sentía del todo repuesta, pero ya estaba bastante mejor.
En el almuerzo la diseñadora apareció vestida con su ropa y armada con las plumas y el lápiz dentro del bolsillo. Gai, por su parte estaba, como siempre, muy animoso; saludaba a todos como si los conociera de toda la vida. Pronto iniciaría por fin el torneo. Checó su reloj: 10:43 pm. Pero ahí donde estaba brillaba el sol de la mañana.
Un corte y una disolvencia. Ésta vez se dejó llevar por el tiempo. Pronto todos los participantes hacían círculo alrededor de un orbe tamaño familiar, en la sala principal.
—Este gigantesco orbe, participantes, es el Orbe de Batalla— explicaba Maravillante—dentro de Él se llevara acabo la primera ronda…
Siguió explicando ciertas formalidades. Ahora cada uno entraba en la esfera y era puesto al random en un sitio.
—¡Suerte, florecita! Nos vemos en batalla si llegas a necesitarme, que espero no sea el caso ¡QUE BRILLE TU LLAMA DE LA JUVENTUD!
Alzó el pulgar hacia Shel, mientras cargaba en brazos a Pánfilo. Ella le devolvió el gesto.
“Gai sensei, eres lo mejor”
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Apareció en un paisaje un poco oscuro, rodeada de estalagmitas y estalactitas. Al centro había una plataforma de piedra caliza y en medio un árbol muerto. El resto estaba rodeado de Agua filtrada: un típico Cenote.
“Y yo que siempre había querido conocer uno… coincidencias”
El único acceso al exterior era una escalera. La humedad se dibujaba en el ambiente mediante colores fríos, pero la temperatura era únicamente visual. No podía saber qué tan amplio era su campo de batalla.
No parecía haber nadie. Era el momento de empezar el plan. En el suelo, a tamaño natural, empezó a dibujarse a sí misma, con alas y una pistola. La figura pronto se levantó y habló.
—¡¿Qué?!
—¡Oh, eres perfecta! Sólo busca y distrae al primer cabrón que salga para que no me vea.
—Ok— dijo su copia
—Ah, y si te pregunta porque eres de ese color, dile que estás en modo batalla.
—Simón.
“Ay wey… eso fue sumamente bizarro…”
Shel dejó a su dibujo frente al árbol y, tratando de hacer el menor ruido posible, hizo una prueba. Levantó frente a ella el lápiz. Si lo ponía en cierta posición, sólo se veía el borrador, es decir, un circulito rosa.
“La línea es el punto en movimiento” Recordó uno de los principios básicos de Diseño.
Si ella dibujaba un punto en el espacio de dos dimensiones, podría ser la vista de perfil de una raya. Dibujó un punto, uno solo.
Caminó rodeando el punto que había trazado en el aire y se dio cuenta de que, efectivamente, el punto era la representación de perfil de una línea recta que se extendía al infinito. Esa línea cortaba, dividía, o podía asirla, sostenerse de ella.
Ahora trazó una horizontal casi en el suelo. Cuando uno ve una hoja de papel de perfil, lo que se ve es una línea blanca solamente. Shel miró desde arriba la horizontal y vio que se había creado un plano, una superficie a la cuál se podía subir.
Ya casi estaba lista. Ahora buscó un rincón que tuviera muchos trazos que confundieran la vista y lo encontró entre las estalactitas. En una roca formada por sedimentos rayó la pared hasta crear una hendidura dónde meterse que se camuflara con el paisaje; se metió lo más que pudo a esperar.
Por su parte, su contrincante había encontrado el lugar bajando por el acceso de la escalinata, pero sin usarla. Venía flotando tranquilamente desde el nivel superior, atravesando una que otra protuberancia del terreno como si fuera holográfica. Era Kaiser Tlaves.
Era sumamente inusual, pensaba éste, ver aparecer de repente un extraño cable cortando el paisaje. Seguramente el enemigo había provocado este disturbio, y con ello había dado a conocer su ubicación.
Levitó siguiendo la trayectoria de la línea, que no era otra cosa que el punto que Shel había trazado en principio, y lo que encontró fue una versión en blanco y negro de la extraña participante del chihuahueño.
—Sheila… Chantal… ¿Cómo te llamabas? ¡Ah, disculpa! Shel.
El clon saludó, rascándose tras la cabeza.
—Esas alas, y ese color… —cuestionaba Kaiser
“Aquí hay gato encerrado”
—Estoy en modo de Batalla y así.
Kaiser, como todo un caballero, esperó a que ella atacase primero. El dibujo le disparó con la pistola y salieron disparadas bolitas negras que al impactar dejaron en el traje de Kaiser unas manchitas.
— ¿Qué se supone que es eso?
—Eh… ¿balas?
En su escondite, Shel se golpeaba la cabeza.
“¡Sabía que esa pistola rascuache iba a salir defectuosa con lo fea que me quedó!”
Kaiser invocó una mini tormenta alrededor del dibujo de Shel. Como tres segundos después, la chica de blanco y negro se había convertido en un hielo de apariencia pixeleada.
“Eso de seguro lo sacó del Ragnarok Online”
Ella recordó el poder que lanzaban los maguitos del citado juego en línea. Ahora, si la memoria no le fallaba, en ese juego cualquier poder de un mago se anulaba si antes de acabar de castear (hacer el conjuro) algo lo interrumpía, de preferencia un golpe físico.
Empezó a dibujar.
Mientras eso sucedía, el mago bañaba en rayos eléctricos a su clon de tinta. El dibujo terminó tan tatemado que, cual caricatura gringa, su cuerpo se deshizo en forma de polvito negro que cayó al suelo y sólo quedaron los ojos.
—No puede ser tan fácil... —Dijo Kaiser, sospechando.
A la distancia apareció otra Shel en blanco y negro, esta vez armada con arco, flecha y un ave en la cabeza.
—¿Otra?
Kaiser, que no era ningún pendejo, se dio cuenta en ese momento de que estaba enfrentándose a clones o invocaciones de algún tipo.
“Éste tipo de evasiones sólo pueden significar una cosa: es un enemigo que prefiere atacar a distancia. Siendo así, quiere decir que no tiene mucha resistencia. Es típico de un caster.” pensó él.
Comenzó a aparecer una neblina en un radio de 6 metros alrededor de Kaiser, y la Shel arquera intentó lanzar flechas rápidamente para interrumpir el conjuro. Éstas solamente lo atravesaban pasando de largo como si su presencia fuera inmaterial. Eso sí, dejaban mancha en él por donde pasaban.
“Osea que es como un fantasma. El daño físico no le afecta. Piensa, piensa… ¿Flechas de elemento?”
Dibujó varias cajas de flechas y en cada una escribió “fuego”, “agua” “hielo”, “trueno”, y todas las categorías que se le ocurrieron.
La neblina siguió avanzando. Unas dagas empezaron a formarse de la nada, se movieron en todas direcciones, buscando un objetivo escondido. La arquera se rasgó en este proceso y quedó inservible.
Kaiser aguzó los sentidos. Las navajas recorrían rincón por rincón buscando al original de Shel. Una de ellas entró por la hendidura de la estalactita y se clavó en su hombro izquierdo. Reprimió un grito de dolor que hubiera delatado su escondite.
Dibujó al otro lado del paisaje un arquero armado con flechas elementales. El espacio en dos dimensiones hacía nula la profundidad, por lo tanto para situar a su personaje lejos de ahí sólo requería dibujarlo en la perspectiva correcta.
El arquero comenzó a lanzar flechas que se quedaron clavadas en el cuerpo de Kaiser, haciéndole cierto daño. Un trueno impactó en el arquero, pulverizándolo.
“¿Dónde está?”
Los seres monocromáticos aparecían en cualquier dirección. Atacarlos uno por uno era una pérdida de tiempo si no le hacía daño a quien los estaba invocando. Cada vez que Kaiser destruía un arquero, aparecía otro; sin embargo, comenzó a inquietarlo el hecho de recibir ataques elementales. Probablemente su oponente ya había descubierto el truco, tendría qué andarse con cuidado.
“Podría buscar por mí mismo, pero, haré algo más fácil, jejeje”
Kaiser tomó la orbe striker y de inmediato apareció Etna, la Lolita pelirroja.
—¿Ya empezaron los golpes? —Dijo ésta, tronándose los nudillos
—¿Recuerdas a la dueña del chihuahua?
—¡Cómo olvidarla! Me llamó niña, la muy perra…
—Todos lo hacen de todas formas. En fin, búscala. No ha dado la cara, pero estoy seguro de que es ella.
Las flechas del último arquero seguían cayendo. Etna convocó a una multitud de criaturas con apariencia de Pingüino. Cada uno llevaba una bolsita con explosivos. Éstos empezaron a dispersarse por todo el escenario.
Shel, desde su escondite, miró cómo aparecían los prinnies. Desenfundó la pluma y trazó en el horizonte…
Kaiser y Etna notaron que al árbol del centro le había brotado una cara y hojas. Inmediatamente, el árbol empezó a soplar ráfagas de viento por la boca (como el de Kirby). Como consecuencia de esto, la mitad de los prinnies salieron volando y estallaron en el aire
—¿Cómo demonios hizo eso? —dijo Etna
—Descuida, aún hay suficientes.
Algunos prinnies se habían colado por los rincones entre las estalactitas.
—Sólo hay qué esperar…—Dijo Kaiser, filosóficamente.
—¿Ya me puedo ir? —preguntó Etna con aburrimiento.
—Cuando salga de donde está podrás irte.
Mientras tanto, en su rincón, Shel notó que varios prinnies entraban por la hendidura donde se ocultaba. Empezó a rayarlos desesperadamente y estallaron. Inmediatamente después, Kaiser apareció justo detrás de ella, susurrándole en la nuca.
—Aquí estás.
Kaiser la aprisionó con ambas manos. Cinco cuchillas plateadas fungían como dedos, eran tan filosas que rasgaban la ropa de Shel al mínimo contacto. El aliento gélido del enemigo le recorrió la espina dorsal.
“Demonios. Un super héroe clásico puede sobrevivir a ésto, pero yo no.”
—¿Ni siquiera opondrás resistencia?
—No cantes victoria tan fácil
—No trates de hacerte la lista. Tú y yo sabemos que te puedo matar si quiero en este momento. ¿Acaso crees que no sé porqué te escondes?
—No sabes nada de mí.
—Sé que eres frágil.
Y era evidente. Con sólo una de las dagas que Kaiser había invocado anteriormente, que a cualquier guerrero harían apenas cosquillas, ya le había hecho daño severo. El hombro de Shel sangraba. Intentó ganar algo de tiempo.
—Curioso que nos tocara juntos el primer combate. Como siempre lo he dicho, el Lagunero tiene el don de la casualidad.
—No existen coincidencias, sólo lo inevitable
—¿Qué harás si ganas el torneo?
—Eso no es de tu incumbencia
—Es que me parece extraño que alguien con tus poderes necesite la Orbe esa.
—No soy todopoderoso. Tengo mis limitaciones.
—Supongo que eso incluye la falta de un cuerpo. —Añadió, sarcástica.
—Detalles.
—¿Cuál es tu deseo?
—Simplemente la tranquilidad.
—¿Para eso necesitas la orbe? ¿No bastan unas clases de yoga? —Ironizó
Kaiser rió
—En mi caso, es la única manera.
Kaiser pensó un poco, perdiéndose en sí mismo.
“Un espacio donde no pueda ser molestado por nadie, ni siquiera por Yukko, donde mis enemigos no me encuentren, donde pueda disfrutar lo poco que me queda de humanidad ¿Realmente es mucho pedir?”
—Kaiser, ¿Estás muerto?
—Sí y no.
Las garras empezaron a clavarse lenta y delicadamente en su cuerpo atravesándolo poco a poco. Sólo unas pulgadas eran suficientes, él no desharía el cuerpo de una dama si no era necesario. La sangre en las venas de ella se estaba congelando. Pronto sintió frío, y luego, nada.
—Uno aprende que el cuerpo estorba—Dijo Kaiser, melancólicamente. —Sin embargo, no negaré que hay cuerpos muy bellos, sobre todo de mujer. —Añadió, lascivo.
Antes de perder el conocimiento, Shel asió torpemente la pluma y terminó el último trazo.
Las garras se rompieron.
—¿¡Cómo puede ser?!
Sus garras eran una aleación de metal prácticamente irrompible y ahora estaban hechas añicos.
—Suerte que no tengas sensación en esas manos tuyas. Nunca te diste cuenta de lo que hice.
Shel había dibujado cuidadosamente grietas en cada una de las navajas, lo cual había provocado que se quebraran. Lógicamente, prefirió guardarse ésta información.
Rápida y discretamente convocó el poder del orbe striker, aún con los miembros amoratados. Gai apareció de la nada y tomó en brazos a Shel.
—Corre.
—¡Dynamic Entry! —Gritó mientras se lanzaba a sí mismo y a su acompañante lejos, en la trayectoria de una patada voladora.
Gai, cargándola, logró avanzar varios metros hasta perderse al atravesar una pared, pasando por encima del agua del cenote, mientras ella iba trazando aquí y allá, sobre el cuerpo de su striker y en el aire, un sinnúmero de líneas. Cada una de ellas cortaba transversalmente lo que tocaba. Cayeron varias formaciones rocosas, seccionadas por los trazos, salpicando el agua del cenote. A Kaiser los trazos sólo lo atravesaban y le dejaban manchas, aunque el espectro procuraba mantenerse fuera del rango de las salpicaduras de agua.
Gai desapareció. La espectral figura conjuró una tormenta que centellaba de ira.
—¿Y ahora cómo te vas a esconder?
Un enorme rayo fue dirigido hacia Shel, pero se desvió… Un pararrayos dibujado justo en la cabeza de Kaiser atraía todos los ataques eléctricos.
—¡Mierdaaaaaaaa!
Kaiser había quedado algo maltrecho al recibir tremendo ataque lanzado por él mismo. Intentó deshacerse del pararrayos sin éxito, la tinta de la pluma lo mantenía unido a su propio diseño. Shel logró perderse entre las líneas.
“Ni hablar, al fin que con un solo ataque certero bastará para que quede fuera de combate. Hasta que no encuentre la manera de deshacerme de ésto —se dijo refiriéndose al pararrayos—más me vale no usar la electricidad. Ahora sólo falta que la encuentre”
Kaiser bajó su aura al mínimo. Conjuró tres golems de hielo de cuatro metros, los cuales empezaron a destruir a diestra y siniestra todo lo que encontraban. Mientras tanto y muy discretamente, Kaiser empezó a buscar, teletransportándose de un lado a otro, atravesando paredes.
Los golems cayeron poco a poco, divididos por rayas.
De repente, una de tantas manchas en el paisaje llamó su atención. Examinó con cuidado la tinta y su composición.
—Vaya, vaya… qué interesante.
Shel estaba escondida bajo el agua del cenote, con un traje de buzo, obviamente dibujado. De repente, observó que el agua empezaba a teñirse de negro…
Kaiser estaba transmutando el agua en tinta. La mancha absorbía todo lo que tocaba
—Tengo qué salir de aquí pronto.
Tuvo qué dibujar un dique para que la tinta desviara su curso. En lo que quedó del paisaje, comenzó a trazar un camino hueco que la llevó por diversos túneles, hasta que encontró las raíces del árbol. Procedió enseguida a perforar el interior del tronco, del cual sólo quedaba una parte, hasta que estuvo a salvo dentro.
Kaiser no se veía por ningún lado.
Dentro del tronco, sonó el eco del timbre de los Simpson.
“¡Ahí!”
Inmediatamente después el tronco del árbol fue convertido en un bloque sólido de hielo. Kaiser se acercó al bloque con recelo y observó con cuidado la figura atrapada dentro. El trazo era accidentado y hecho a la carrera.
“No es Ella…”
Un kunai se clavó en el árbol congelado y un golpe en la cabeza hizo que Kaiser cayera hacia la mancha negra que antes habían sido las aguas del cenote, y ahora representaba un gran abismo sin fondo.
—¡Dynamic Entry!
Mientras la bestia Verde de Konoha, vestido con el dibujo de un traje de elemento arrastraba a Kaiser al vacío, la Shel verdadera salió de un hueco del interior del cenote, sosteniéndose de una línea.
Gai desapareció. Káiser regresó al poco tiempo volando desde la profundidad del hueco negro.
“Es ahora o nunca”
Rayoneó con ferocidad a Kaiser hasta convertirlo en una mancha negra que al confundirse con el fondo, prácticamente desaparecía. Cuando el ultimo espacio blanco fue cubierto de negro el grito de Kaiser dejo de escucharse, dejando paso a un silencio absoluto.
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Una luz teletransportó a Shel al palacio. En la sala principal yacía un Gai herido por unas cuchillas de hielo, un káiser completamente negro y todavía con el pararrayos en la cabeza, y Etna riéndose de ambos estrepitosamente.
—¿Qué… pasó? —pregunto la dibujante antes de caer desmayada en su propio charco de sangre.
—Ganaste, idiota— dijo Etna con sorna.
Maravillante anunciaba el resultado de la pelea, mientras Pánfilo, guiado por la mancha de sangre, corría ladrando en dirección a la enfermería.
Continuará…